Misioneros de Mariannhill © 2014 | Políticas de Privacidad

Código de ejemplo | Política de Cookies
Solicitamos su permiso para obtener datos estadísticos de su navegación en esta web, en cumplimiento del Real Decreto-ley 13/2012.
Si continúa navegando consideramos que acepta el uso de cookies. OK | Más información

El simbolismo latente tras el cómic “Misionero 26.147”

El día 24 de Septiembre de 2016 fue beatificado en la catedral de Würzburg (Alemania), donde él estudió.

Con este cómic de una sola página he deseado rendir un sentido homenaje a nuestro querido hermano de Congregación, el P. Engelmar Unzeitig CMM, que entregó su vida a Dios en el Campo de Concentración de Dachau, donde pasó, con el corazón en la mano, haciendo el bien y llevando a Dios, con el heroísmo propio de un “Mártir de la Caridad”.

 

De esta forma, pudo presentarse ante su Señor con tres frutos maduros en sus manos:

a.- Primer fruto maduro, de ese vivir con el corazón en las manos, fue ese AMOR incondicional con el que hacía todas las cosas y que le mereció el título de “Ángel de Dachau”.

 

b.- Segundo fruto maduro, de ese darse en todo y para todos, dando de lo suyo y mendigando para otros, fue su ENTREGA incondicional, que le mereció el título de “Misionero de Misericordia”.

 

c.- Tercer fruto maduro, de ese no retirar jamás su rostro del hermano pobre, enfermo y necesitado, a pesar de serlo él mismo, fue su SACRIFICIO incondicional hasta su muerte por tifus, mereciendo el título de “Mártir de la Caridad”.

 

Veamos, ahora, el rico simbolismo implícito en cada una de las partes de este cómic, pues nos dice mucho de su talla espiritual, de su calidad de fe y de la intrepidez y entrega de su vocación misionera, sabiendo dar el fruto apetecido y en su sazón, allí donde la Divina Providencia lo plantó.

 

Un título:

 

Misionero 26.147”: No dice: “prisionero”, como para la mayor parte de los habitantes de aquel lugar de muerte, sino “misionero”, con la fidelidad a su identidad de apóstol de la fe de aquel San Pablo, preso en Roma, encerrado en una casa que todo el mundo visitaba, dando a todos el consuelo de la fe. Y un número, el 26.147, el de su compromiso con Dios y con el hombre, el del “teléfono móvil” de su corazón obediente y siempre disponible a escuchar los susurros y sugerencias del corazón de Dios, para hacer su voluntad, allí donde estaba, las veinticuatro horas del día, por algo le llamaban “el rezador”, para ser creativo en su amor, para velar por el prójimo antes que por sí mismo.

 

Viñeta 1: El P. Engelmar pesaroso, no por lo que ha hecho o predicado en defensa de la justicia y de los derechos y la dignidad del hombre, inclusive el judío, en medio de un ambiente exacerbadamente ario y antisemita, sino porque ve truncadas sus esperanzas de llegar a ser misionero en alguna de las misiones que su Congregación tiene en África; aunque su corazón sigue latiendo con fuerza por estrenar la misión en Rusia, para la que se ha estado preparando desde que era seminarista, estudiando, con ilusionado tesón, la lengua rusa.

 

Agarrado a la verja de entrada a Dachau –digo de entrada, porque pocos saldrán por ella-, como quien se agarra, con una mano, a la frustración de sus sueños rotos y, con la otra, al fracaso de sus planes de futuro, donde existe una irónica sentencia en relación a la frenética actividad que en su interior se realiza: “ARBEIT MACHT FREI”, “El trabajo hace libre” o “El trabajo libera”.

 

Sin embargo, la presencia de Dios ronda en todas partes, como en aquella zarza ardiente del Sinaí que conmovió y emocionó a Moisés, cambiando sus planes, su vida y la historia de todo un pueblo, y deja oír su voz a quien está dispuesto a escuchar: “No pienses más en África, Engelmar…”.      

 

Título 1: “Siervo de Dios”: Otorgado por el Papa San Juan Pablo II el día 26 de Julio de 1991.                                                                                                                                                

 

Y más títulos… que lucen como pie de viñeta:

Viñeta 2: Una presencia transformadora de situaciones y liberadora de personas, capaz de cambiar, también, el cínico rótulo de la puerta de forja en una sentencia novedosa y verdadera, en medio de la brutalidad y explotación del campo, que se esconde tras ella: “ORA MACHT FREI”, “La oración hace libre” o, si prefieres “Ora y serás libre”.

 

Y cuando somos “nuevamente” libres en medio de una situación opresora, podemos escuchar la voz de Dios, que nos hace agentes de liberación y de transformación de esa realidad de pecado que nos circunda: “He escuchado la opresión de mi pueblo”, tal como le dijo un día a Moisés o le dice, ahora, a nuestro querido Engelmar: “Serás misionero aquí…”.

 

Queridos lectores: No somos del mundo, pero estamos en el mundo, y no de cualquier manera, sino como sal, luz, semilla y levadura del Reino de Dios y su civilización del Amor.

 

Título 2: “Venerable”: Otorgado por el Papa Benedicto XVI el día 3 de Julio de 2009.

Viñeta 3: Es entonces cuando viene el envío: “Yo te envío hoy…” y siempre, cada día y a cada instante, como Moisés a Egipto, como Jonás a Nínive, como mi Hijo a Jerusalén, así tú también, Engelmar,… a Dachau.

 

Un mandato misionero que es capaz de cambiar lo que queda del título opresor de la puerta en algo sumamente dinámico: “LABORA”, “trabaja”, con el dinamismo del Espíritu Santo y del Evangelio. Como aquel “levántate, toma tu camilla y anda”, dicho por Jesús al paralítico o, parafraseado para el P. Engelmar: “recóbrate, toma tu Dachau y funciona”… como Yo mismo lo habría hecho, muy parecido a aquel: “Y tú, cuando te recobres, conforta a tus hermanos”, dicho por Jesús a San Pedro.  

 

Título 3: “Mártir”: Otorgado por el Papa Francisco el día 21 de Enero de 2016.

Viñeta 4: La puerta que cierra la verja ya no es límite que retiene; puesta a la espalda y la mirada confiada al frente, sin miedo y con esperanza, es punto de partida de la fuerza transformadora y renovadora del Evangelio, haciendo creativa y contagiosa la libertad interior de aquellos que se fían de Dios, sin escandalizarse de Él, y por ello son dichosos, a pesar de las circunstancias concretas por las que pasan, tal como le dijo Jesús a su primo, el Bautista, prisionero de Herodes.

 

Desde ahora, Dachau será su África –de ahí el nuevo título de la puerta, convertido en el título de entrada al monasterio trapense de Mariannhill, en Sudáfrica, nuestra Casa Madre; un monasterio con puerta, pero sin tapias, consagrado plenamente a la misión, según la intuición de nuestro fundador, el Abad Francisco Pfanner- y también será su Rusia, personificada en aquellos prisioneros rusos a los que evangelizó, traduciendo para ellos Evangelio y Catecismo, pues Dios, que suscita y aprovecha nuestros dones y carismas -como aquel ilusionado tesón en aprender la lengua rusa-, cuenta siempre con nosotros para hacer su obra, como sus manos, sus labios, sus pies.

 

Pero no de cualquier manera, Dios no elige a los capaces, sino que capacita a los elegidos, para que sean en verdad: “Misioneros de Misericordia”, “Mártires de la Caridad” y “Ángeles de Dachau”, confortando a su pueblo afligido, como “buenos samaritanos”, con los óleos sagrados o el pan cotidiano en una mano, aliviando los cuerpos afligidos por el tifus, y orientándolo y guiándolo, como “buenos pastores”, con el corazón en la otra, rescatando las almas desgarradas por el sinsentido y la intensidad de sus sufrimientos y ganándolas para el Cielo.

 

Así, nuestro buen P. Engelmar llegó a ser “misionero misericordioso”, que repartía lo suyo y mendigaba lo ajeno para los presos más desafortunados, y “misionero de misericordia”, voluntario en los barracones del tifus, gastando su salud y entregando su vida, por llevar el consuelo cristiano y los últimos sacramentos a los más posibles, aún a costa de su vida. Como aquel misionero de Molokai, San Damián, que aprenderá a decir en su homilía: “Nosotros, los leprosos”, en lugar de “vosotros, los leprosos”, nuestro P. Engelmar, aprenderá a decir en su oración y en su cotidiano quehacer: “Nosotros, los infectados de tifus” y, con San Pablo, aprenderá a decir, también: “Me hice todo con todos, para salvar a los más posibles”.

 

No, no fue la enfermedad la que un día le llevo al Cielo, sino su aceptación gozosa y creativa, fruto de su gran amor por Dios y por la humanidad, la que, también un día, le llevará a los altares. ¡Cuánto nos hubiera gustado saber sus últimas palabras, aunque sabemos de sobra cuáles fueron sus últimas obras y con qué amor y entrega fueron realizadas… hasta el extremo!

 

Título 4: “Beato”: Otorgado por el Papa Francisco el día 24 de Septiembre de 2016.

 

Y, finalmente, una sentencia:

“Nuestro campo de misión es una parte del Reino de Cristo, que no tiene fronteras” (Abad Francisco Pfanner, nuestro fundador), que se hace gozosa realidad en este hijo suyo, misionero “infiltrado” en aquel campo de concentración, que, sin perder, en momento alguno, su identidad, cristiana, sacerdotal y misionera, supo convertirlo en un campo de misión, transformando aquel gigantesco rectángulo de muerte rodeado de vallas electrificadas, en una parte del Reino de Dios, que no conoce fronteras.

 

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

Salamanca, 24 de Junio de 2016.